martes, 21 de julio de 2026
Nacional

Comunidades se movilizan ante crisis de infraestructura educativa por deficiencias en mantenimiento de escuelas

Cada invierno, la lluvia reproduce el mismo escenario: calles convertidas en ríos, casas inundadas, escuelas con filtraciones y familias cuestionándose si podrán retomar su vida cotidiana al día siguiente. Aunque varían las regiones y la magnitud de los eventos, la vulnerabilidad permanece constante.

En un territorio caracterizado por su actividad sísmica, volcánica y cada vez más expuesto a fenómenos climáticos extremos, las emergencias deberían considerarse parte inherente de la realidad geográfica nacional, no como situaciones excepcionales. No obstante, mientras los medios documentan las pérdidas materiales, rara vez se enfoca en el espacio donde realmente comienza la reconstrucción: la institución educativa.

En ese ámbito ocurren hechos notables. Cuando el sistema parece más vulnerable, las comunidades educativas frecuentemente exhiben su máxima solidez. Directivos replantean el calendario escolar, maestros convierten la incertidumbre en optimismo, asistentes educativos garantizan la continuidad operativa y padres redescubren que la educación también implica protección. No es el sistema el que demuestra capacidad de recuperación, sino las personas con vocación pedagógica profunda, quienes impiden que la crisis obstaculice el derecho a aprender. Esta fortaleza no debe servir como justificación para tolerar deficiencias, sino como evidencia contundente de la importancia de fortalecer la educación pública y sus colectivos.

La interrogante, entonces, va más allá de cómo se reconstruirán las instituciones tras los temporales. La cuestión realmente incómoda es si estamos preparando a las nuevas generaciones para una realidad donde la incertidumbre dejó de ser una anomalía. La UNESCO (2024) plantea que la educación debe capacitar a las nuevas generaciones para enfrentar el cambio climático mediante competencias en sostenibilidad, resiliencia y participación cívica. En el mismo sentido, UNICEF (2024) advierte que mantener la educación durante las crisis protege tanto los aprendizajes como la salud emocional y el bienestar de menores y adolescentes.

El Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres reconoce que la educación es un instrumento clave para crear sociedades con capacidad de prever, actuar y recuperarse ante emergencias (UNDRR, 2015). De igual forma, la OCDE (2023) subraya que las habilidades futuras requieren aprender a actuar en contextos intrincados, inciertos y variables.

Curiosamente, las instituciones educativas siguen siendo valoradas principalmente por pruebas estandarizadas, mientras que se dedica poco esfuerzo a enseñar mitigación de riesgos, adaptación al cambio climático, análisis reflexivo, trabajo colaborativo y solidaridad. Se prepara a los estudiantes para exámenes, pero no siempre para los desafíos reales. Esta podría ser la principal carencia del sistema educativo nacional.

Cada invierno, la lluvia somete nuevamente a prueba las ciudades. Pero quizás la cuestión más relevante no sea cuánta resistencia mostraron las estructuras escolares, sino cuánto estamos preparando a las generaciones futuras para sostener un planeta que inevitablemente continuará transformándose. Porque el propósito más esencial de la educación nunca ha sido evitar que nos alcance la tormenta, sino enseñarnos a avanzar unidos cuando el horizonte se oscurece. En esto reside la verdadera dedicación por enseñar: no solo comunicar saberes, sino formar seres humanos capaces de generar esperanza cuando todo parece colapsar.

Con Información de g5noticias.cl

editor

Redacción.

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