Cada octubre, el Mes de la Ciberseguridad reabre una conversación indispensable para las empresas: cómo protegerse frente a amenazas cada vez más sofisticadas. Se habla de ransomware, inteligencia artificial, robo de información y ataques capaces de detener operaciones completas. Sin embargo, este año surge una pregunta distinta: ¿quién protege a la tecnología que se ha elegido para protegerse?
El ejemplo de un guardaespaldas ilustra el problema. Su labor exige permanecer cerca de la persona que protege, conocer sus movimientos y anticiparse a cualquier amenaza. Precisamente por ese nivel de acceso, nadie lo contrataría sin comprobar sus credenciales, entender su forma de trabajar y asegurarse de que existan mecanismos para supervisar su actuación. Con la ciberseguridad empresarial ocurre algo similar.
Las plataformas encargadas de proteger a una organización ocupan hoy una posición privilegiada dentro de ella: vigilan sistemas, analizan información relacionada con posibles amenazas, reciben actualizaciones y pueden intervenir rápidamente al detectar un incidente. Se les confía una tarea crítica para la continuidad del negocio y, justamente por eso, las empresas deberían poder conocer y verificar cómo funcionan.
Durante años, la pregunta fundamental al elegir una solución de ciberseguridad era si podía proteger a la organización. Hoy es necesario agregar otras: quién desarrolla esa tecnología, cómo se protege, dónde se procesan los datos, cómo llegan sus actualizaciones, qué se puede verificar sobre su funcionamiento y qué ocurriría con la operación si las condiciones en torno al proveedor cambiaran.
Estas preguntas son la base de un debate que cobra relevancia: la soberanía en ciberseguridad. Aunque el término puede sonar complejo, su principio es bastante sencillo: una empresa nunca debería perder el control sobre aquello de lo que depende su seguridad.
Esto no significa que cada organización deba desarrollar su propia tecnología ni prescindir de proveedores internacionales o servicios en la nube, algo que sería poco realista. La ciberseguridad moderna requiere investigación constante, especialistas e inteligencia global sobre amenazas para identificar ataques que pueden originarse prácticamente en cualquier parte del mundo.
Tampoco implica asumir que una tecnología es confiable únicamente por su país de origen, su reputación o por llevar muchos años en el mercado. En materia de ciberseguridad, la confianza debe demostrarse.
La forma de hacerlo es a través de la transparencia y la capacidad de verificación. Las organizaciones pueden preguntarse si sus proveedores permiten auditorías independientes; qué controles existen sobre el desarrollo y las actualizaciones de sus productos; cómo administran los datos; qué certificaciones externas poseen; y si ofrecen mecanismos para que clientes o terceros especializados puedan comprobar lo que ocurre detrás de la tecnología.
La inteligencia artificial vuelve esta conversación todavía más relevante, ya que a medida que se delegan más tareas de detección y respuesta a sistemas automatizados, se necesita comprender mejor qué decisiones pueden tomar, qué información utilizan y qué control conserva la organización. Para sectores como energía, telecomunicaciones, finanzas, manufactura o infraestructura crítica, donde una interrupción tecnológica puede convertirse rápidamente en un problema de negocio, estas preguntas dejan de ser responsabilidad exclusiva del CISO.
Por esa razón también se requiere cambiar la manera de entender la relación con los proveedores de ciberseguridad. Contratar tecnología especializada permite acceder a capacidades que serían difíciles de desarrollar internamente, pero tercerizar una operación nunca debería significar tercerizar la responsabilidad.
Kaspersky ha trabajado durante años bajo esa premisa. Desde la empresa aseguran que ser una compañía abierta y transparente parte de una convicción sencilla: la confianza no se pide; se demuestra y se gana. Eso implica estar dispuestos a abrir su tecnología y sus procesos a revisión externa, someter sus prácticas a evaluaciones independientes y colaborar con organizaciones internacionales como INTERPOL. Su Iniciativa Global de Transparencia es parte de ese compromiso y permite a clientes, socios y entidades gubernamentales revisar aspectos de sus tecnologías y procesos, incluido el código fuente y las actualizaciones de software.
Quizá esa sea una de las conversaciones que valga la pena impulsar durante este Mes de la Ciberseguridad. Más allá de preguntarse cuánto se invierte para proteger las empresas o qué tecnología se utiliza, importa saber cuánto se conoce realmente sobre ella y qué tan dispuestos están los proveedores a demostrar cómo trabajan. Porque cuando una tecnología tiene la responsabilidad de proteger aquello que mantiene en funcionamiento el negocio, confiar es indispensable. Pero en ciberseguridad, la confianza más sólida es aquella que puede comprobarse.
Con Información de g5noticias.cl




