Chile ha logrado mantener bajo control, durante décadas, enfermedades infecciosas que en el pasado representaron una amenaza importante para la salud de la población. El sarampión es uno de los casos más significativos: desde 1993 el país no registra transmisión endémica del virus, un logro que refleja el impacto de la vacunación y de políticas públicas sostenidas en el tiempo. Sin embargo, ese éxito plantea una paradoja: cuando la prevención funciona, las enfermedades dejan de ser visibles y, con el paso de los años, se pueden olvidar las razones que hicieron necesaria su prevención.
El Ministerio de Salud advirtió recientemente que más de 140 mil niños tienen esquemas incompletos de vacunación contra el sarampión. Detrás de esa cifra hay menores, familias y comunidades cuya protección podría verse comprometida. No se trata únicamente de una estadística sanitaria, sino de una señal que recuerda que los avances alcanzados requieren un compromiso permanente.
El sarampión es una enfermedad altamente contagiosa que puede provocar complicaciones graves, como neumonía y encefalitis, e incluso causar la muerte. Aunque existen vacunas seguras y eficaces, la capacidad de transmisión del virus exige mantener coberturas cercanas al 95% con dos dosis para prevenir brotes. La vacunación no solo protege a quien la recibe, sino que también contribuye a resguardar a quienes, por razones médicas, no pueden vacunarse.
Probablemente, muchas familias jóvenes nunca han presenciado las consecuencias de un brote de sarampión. Aquello que constituye uno de los mayores éxitos de la salud pública puede convertirse también en una vulnerabilidad: cuando una enfermedad desaparece de la experiencia cotidiana, resulta más difícil dimensionar el riesgo que representa. La ausencia de casos no significa que el virus haya dejado de ser una amenaza, sino que las estrategias de prevención han cumplido su propósito.
Esta situación también invita a revisar cómo se entiende la preparación frente a futuras crisis sanitarias, que suelen asociarse con la aparición de nuevos virus o enfermedades desconocidas. Sin embargo, también pueden enfrentarse emergencias cuando se descuidan medidas cuya eficacia ya está comprobada. La resiliencia de un sistema de salud no depende únicamente de su capacidad para responder a lo inesperado, sino también de su compromiso con preservar los logros alcanzados.
Por ello, el desafío va más allá de disponer de vacunas. Implica comprender las dificultades que enfrentan las familias, facilitar el acceso, fortalecer la confianza en la evidencia científica y asegurar que ningún niño quede fuera de las estrategias de protección.
Los avances en salud pública no son conquistas definitivas, sino responsabilidades compartidas que deben cuidarse de generación en generación. Quizás uno de los mayores riesgos que enfrenta la sociedad es haberse acostumbrado tanto a vivir protegida que termina olvidando todo lo que fue necesario hacer para conseguirlo.
Con Información de g5noticias.cl




